Dos de los conceptos clave para entender cómo gestionar los problemas de conducta son la comprensibilidad y la manejabilidad. Como bien expresan las propias palabras estos conceptos están relacionados con las acciones que realizamos para fomentar la comprensión y el manejo de las diferentes situaciones para que la persona que muestra conductas creadoras de problemas pueda tener éxito, ya tenga la persona un diagnóstico o no. Se puede decir que las personas hacemos aquello que nos resulta más comprensible en cada situación. Una situación que muchos nos podemos imaginar es la siguiente: conducimos a altas horas de la noche, no vemos ningún coche y nos paramos en un cruce con mucha visibilidad en el medio de la nada con un semáforo rojo, si no vemos ningún coche, muchos cruzarán, aunque el semáforo esté en rojo, porque es lo más comprensible. ¿Quién no lo ha hecho alguna vez?

Bo Hejlskov utiliza un ejemplo muy revelador y claro en su libro Problemas de conducta en la escuela (2014). Él describe una tarea que tuvo en un colegio hace unos años y que trataba sobre que se producían problemas con los alumnos en un pasillo muy largo. Este problema había existido durante más de ¡40 años! Allí había mucho ruido, los niños corrían y surgían problemas y conflictos constantemente. Ellos habían probado con todo, habían discutido, puesto normas, castigado… pero los problemas seguían produciéndose. Cuando Bo vio el corredor lo primero que pensó fue: “lo comprensible y lógico en un pasillo así es correr y que haya conflictos”. Así que lo que recomendó fue acotar el corredor de tal forma que no incitara a correr y a que se produjeran otras conductas problemáticas. Se pusieron varias medias paredes y algunas puertas en el corredor y ese día, terminaron los problemas. O por lo menos ya no se percibían los pasillos como un problema.

Para utilizar estrategias y herramientas que hagan la situación más comprensible para la persona en cuestión tenemos que poder meternos, realmente, en la mente de la persona: ¿cómo razona? ¿cómo piensa? ¿qué experiencias tiene? ¿cómo percibe? ¿qué habilidades y dificultades tiene? etc., entonces será más fácil crear situaciones y colocar exigencias comprensibles. También es importante ser conscientes de nuestros filtros morales cuando analicemos la conducta del otro.

Desorden en casa

Yo y mi mujer hablamos ya unos meses de la impotencia que teníamos en casa porque nuestros hijos no colocaban la ropa y las zapatillas en su sitio cuando llegaban de la calle. Sabíamos que esto para nosotros era un problema, pero no para nuestros hijos. Para ellos, los adolescentes, es insignificante y carece de importancia dejar o no dejar las zapatillas por cualquier sitio. Habíamos hablado ya muchas veces con ellos y no había forma. Para ellos no era comprensible. Así que hicimos algo para que la situación fuera más comprensible y manejable para ellos sin necesidad de tener que estar todos los días hablando de ello. Colocamos una cinta de color naranja en el suelo alrededor del mueble y les dijimos: “a partir de ahora vais a dejar vuestras zapatillas dentro de esta línea naranja” (ver imagen). A partir de ese instante se terminaron las regañinas y sermones. No es que todos los días dejen las zapatillas dentro de la línea, pero ahora, por lo menos, a nosotros no nos resulta un problema. Además, de la misma manera que sirve un semáforo, esta cinta les ofrece a los niños autonomía, dado que hacen lo que tienen que hacer sin necesidad de tener que estar encima de ellos. Por cierto, en la foto aparecen más zapatillas que las de mis hijos, porque cuando vienen sus amigos, hacen lo mismo que ellos, lo más comprensible, dejar las zapatillas dentro de la línea.

Alumnos bulliciosos

Otro clásico ejemplo es cuando los niños entran en una clase y los profesores les exigen que se callen de una vez. Que uno se ponga a hablar un poco en clase cuando viene del recreo es comprensible. Sería mucho más fácil crear una regla clara sobre lo que se espera de ellos cuando vienen del recreo y utilizar un recurso temporal, por ejemplo, un reloj (o time timer) o simplemente contar, y cuando los niños entren en clase les decimos: “¿Qué tal? Ahora voy a poner el reloj y cuando pasen estos 30 segundos os vais a callar y empezamos la clase”. Esto es muy útil, por ejemplo, con niños con autismo.

Utilizar una señal o consigna de acabado de una actividad y de inicio de la siguiente favorece la transición entre actividades.  Otro día hablaré sobre cómo pueden utilizarse estas estrategias para gestionar la utilización de móviles y otros aparatos electrónicos por parte de nuestros hijos. Nos podemos evitar muchos problemas y broncas con este tipo de estrategias.

Sería importante recordar que nosotros los adultos también mostramos este tipo de conductas “problema”, por ejemplo en charlas o conferencias, donde lleva generalmente un poco de tiempo hasta que las personas se callan. Tampoco es inusual que suene un teléfono. Aunque en este caso, si le ocurre a un niño, es probable que se le castigue y se le quite el teléfono. Sobre este tipo de cosas y alguna cosa más tratará la entrevista que le hice hace unos días a Bo Hejlskov en Malmö (Suecia).

En resumen, si quieres cambiar un problema de conducta, o una conducta que te cause impotencia, pregúntate primero cómo la persona en cuestión entiende la situación, sin filtros morales. Luego intenta facilitar que la conducta que esperas de la persona sea más comprensible, clara y manejable. Esto no sustituye que podamos hablar con nuestros hijos, clientes o alumnos, por ejemplo, pero antes de decir: “comprende que si…”, tienes que comprender tú primero que quizás la otra persona no lo entiende de la misma manera que tú, y una mala estrategia es colocar, en vez de una solución, otro problema en la persona que muestra la conducta problema.

Escrito por Alberto Sánchez García.