Las conductas creadoras de problemas

Más que hablar de problemas de conducta, autores como Bo Hejlskov, hablan de conductas creadoras de problemas (orig. Problemskapande beteende). Como iremos viendo en los diferentes artículos, hablar de problemas de conductas (o de conductas disfuncionales) tiene el peligro de adjudicar el problema y la responsabilidad en la persona que muestra la conducta, cuando puede haber conductas, como la de huir o la de negarse a hacer algo, que pueden ser estrategias adaptativas y eficaces, no disfuncionales. El problema surge muchas veces cuando interpretamos erróneamente los motivos, retiramos las estrategias que la persona utiliza y colocamos exigencias a las que la persona no puede estar a la altura.

A rasgos generales casi todo el mundo, cuando piensa en conductas problema, piensa en niños o adolescentes problemáticos, piensa en niños que se pelean, que roban, mienten, lloran, muerden, no van al colegio, gritan, pegan, huyen, lanzan objetos, rehúsan a hacer lo que les pedimos, se golpean a ellos mismos, etc. Pero las conductas que crean problemas también se dan en los adultos. Una parte de esas conductas problema las solemos considerar como más peligrosas, como las autolesivas (cortarse, golpearse…), no obstante, aquí también es muy importante distinguir entre conductas autolesivas estratégicas y peligrosas (generalmente las que se producen en momentos de caos y donde las capacidades para inhibir impulsos están más debilitadas).

Realmente muchas de esas “conductas problema” son conductas que todos hemos tenido la ocasión de mostrar, incluso como adultos, ¿quién no ha tirado algún objeto o dado un puñetazo en la mesa cuando se ha alterado? No obstante, esas conductas se convierten en problemáticas cuando se intensifican, se vuelven peligrosas, más frecuentes y, sobre todo, cuando limitan a una persona, causan problemas en el entorno o se convierten en un problema para que la persona en cuestión pueda arreglárselas en su día a día. Según Bo Hejlskov, la conducta que crea problemas es la conducta que alguno piensa que es un problema, y

lo que define la conducta problemática es la impotencia del entorno para manejarla.

Como iremos viendo, muchas de esas conductas problema son consideradas problemas por los adultos, no obstante, para la persona que las realiza, muchas de esas conductas no son ningún problema, en muchos casos todo lo contrario, es decir, una solución a un problema. Como por ejemplo las conductas autolesivas estratégicas que tienen como propósito tranquilizar a la persona. Podemos considerar como una conducta problema la conducta de un niño que no nos mira a los ojos cuando le estamos regañando por algo y sentimos que no nos escucha. Esto es un problema para el adulto, no para el niño. De hecho, el no mirarnos a los ojos cuando estamos enojados es una buena estrategia para gestionar la angustia, el miedo y el autocontrol. Pondremos muchísimos más ejemplos, aquí simplemente quiero señalar algunas conductas que se consideran como problemáticas, pero que vistas desde una perspectiva diferente, pueden ser también consideradas como soluciones o como tentativas de solución. Estas conductas, que llamamos estratégicas, y que utiliza la persona que identificamos con la conducta problema, son tan importantes que en las intervenciones para manejar conductas problemáticas lo primero que tenemos que identificar son las propias estrategias que utiliza la persona. Muchas veces para utilizarlas como recursos. El objetivo último no es manejar una situación problemática, sino evitar que esta se produzca de nuevo.

El contacto de baja afectividad

El contacto de baja afectividad, del original de Bo Hejlskov Lågaffektivt bemötande (2009), es una forma de trabajo actual que ha desarrollado este autor y psicólogo sueco-danés para gestionar y manejar problemas de conducta, o lo que él llama “conductas creadoras de problemas”. El concepto fue ideado por el psicólogo y catedrático británico Andrew McDonnell en los años 90, para la gestión de situaciones de crisis y la reducción del estrés y la tensión. Bo Hejlskov ha reunido de una forma ingeniosa y efectiva conocimientos, experiencias, autores e investigaciones actualizadas e internacionales en torno a este tema, y ha desarrollado una teoría cuyo resultado final es un enfoque que reúne estrategias y herramientas para la gestión y el manejo de problemas de conducta. Si bien el enfoque está especialmente recomendado en el manejo de problemas de conductas de niños, jóvenes y adultos con dificultades o diagnósticos neuropsiquiátricos (autismo, TDAH…) y trastornos del desarrollo (discapacidad intelectual…), se ha desarrollado también para dar respuesta a los problemas de conducta que surgen en otras poblaciones sin diagnósticos, por ejemplo, en la crianza y la escuela ordinaria, o en situaciones de estrés y crisis. En Suecia este modelo está muy establecido en escuelas ordinarias y especiales, departamentos psiquiátricos, residencias asistenciales, internados, padres … A pesar de su éxito también han existido algunas críticas. Si bien volveremos a ello en otros artículos baste decir aquí que, a pesar de que el contacto de baja afectividad parece que conste de métodos y de estrategias sencillas, exige conocimientos y práctica. Ver por ejemplo el primer número de la revista sobre el caso Nico.

Unos de los aspectos novedosos del contacto de baja afectividad es que se basa en cierto modo en el desarrollo “anormal” y en las diferencias en las habilidades y dificultades de las personas. Bo nos remite a las teorías de Piaget y habla sobre que este desarrolló su teoría en base al funcionamiento y desarrollo normal de sus hijos: ¿pero acaso son todos los niños iguales? ¿Cómo se puede integrar este desfase para dar respuesta a los problemas de conducta que se producen en torno a personas que no han tenido un desarrollo normal? ¿Cómo afecta esto a la efectividad de las estrategias y métodos que utilizamos para manejar los problemas de conducta? ¿Son igual de útiles las estrategias de crianza tradicionales cuando se aplican a personas que muestran dificultades neuropsiquiátricas, o que simplemente están bajo un fuerte estrés? ¿Se puede simplemente utilizar un tratamiento psicológico sin tener en consideración las capacidades y debilidades de una persona, que quizás necesite de conocimientos específicos (ej. autismo)?

Por otro lado, el contacto de baja afectividad recoge ideas de:

· Las orientaciones cognitivo-conductual y psicodinámica.

· Teorías del desarrollo.

· La teoría de la vulnerabilidad en el estrés.

· La neurociencia.

Para entender el enfoque del contacto de baja afectividad hay que entender sus principios y métodos fundamentales, los cuales no pueden disociarse. Baste aquí describir brevemente tres de los principios y métodos más importantes:

Principios:

· Principio de responsabilidad: este principio tiene que ver con que si queremos influir en una situación donde se da una conducta problema, no podemos colocar la responsabilidad en la persona que quizás tiene menos capacidad para cargarla, la persona que muestra la conducta problema. Además, si queremos influir en la situación y colocamos la responsabilidad en los demás, entonces no tenemos la responsabilidad y no podemos influir. En caso de personas con grandes dificultades o necesidades especiales este principio es aún más claro. Nos equivocamos a menudo a través de utilizar estrategias que colocan la responsabilidad en la persona que muestra problemas de conducta.

· Principio de control: para una persona es mucho más fácil colaborar, a pesar de mostrar graves dificultades, si tiene el control sobre sí misma y puede tranquilizarse. Existen grandes diferencias entre las personas sobre su tolerancia y resistencia al estrés y sobre sus capacidades para regular los afectos. Las personas autistas, por ejemplo, suelen mostrar una gran hipersensibilidad, al ruido, al tacto, etc., y pueden perder el control rápidamente si se sienten hiperestimulados. Lo que viene a decir este principio es que una persona que muestra una conducta problemática puede delegar parte de su control a otra, si tiene el control sobre sí misma, es decir, que una persona fuera de control no puede colaborar, dado que para colaborar tienes que poder deponer parte de tu propio control en otra persona. Por ello, muchas de las estrategias del modelo tienen como propósito que la persona mantenga el autocontrol, y cuando lo pierde, que lo recobre. En este sentido un modelo de comprensión muy útil es el modelo del estallido y de la regulación emocional (ver número 7 de la Revista Problemas de conducta).

· Principio sobre el contagio de afectos: existen multitud de estudios que muestran que los afectos se contagian, es decir, que cuando estamos con una persona que está alegre nos alegramos, y si estamos con una que está deprimida, nos ponemos tristes. Existe una explicación neurológica y los expertos han adjudicado a las neuronas espejo esta función. Neuronas que se activan como consecuencia del contagio emocional producido por otra persona, lo cual le lleva al receptor a activar un patrón de activación neuronal parecida a la de la persona emisora. En el caso que nos atañe este proceso es muy importante dado que las personas que suelen mostrar conductas problemáticas son personas que suelen tener una gran activación, y como hemos hablado en el anterior punto, si a una persona que está a punto de perder los estribos la contagiamos con nuestra propia ansiedad, nuestros miedos, nuestro enfado, etc., entonces existen muchas probabilidades de que la persona intensifique sus afectos y pierda el control, y entonces, no podrá colaborar. Por otro lado, tenemos la oportunidad de contagiar calma, humor cuando sea propicio para rebajar la intensidad afectiva, optimismo, esperanza, etc. No obstante, como explicaremos por ejemplo en el número sobre el estallido emocional, la efectividad de unas estrategias u otras va a depender de la fase de la escalada de afectos en la que nos encontremos y la intensidad afectiva de la persona en cuestión.

Métodos.

Los métodos fundamentales del contacto de baja afectividad, y haciendo un gran esfuerzo de condensación, los resumo en tres puntos. Debido a su complejidad utilizaremos otros artículos para describirlos más detalladamente:

· Métodos basados en el contagio emocional: como hemos dicho anteriormente, disponemos de diferentes herramientas para conseguir que la persona en cuestión se tranquilice (y no se puede forzar a la gente a tranquilizarse, más si cabe cuando uno está alterado). Quizás el primer paso, y más importante, es conseguir relajarnos a nosotros mismos (existen multitud de métodos al respecto), el segundo, no fomentar la escalada afectiva con nuestro propio afecto (muchas veces la mejor estrategia es dar dos pasos atrás) y contagiar con calma u otros sentimientos adecuados para que la persona pueda relajarse y recobrar el control.

· Métodos basados en las desviaciones: cambiar la atención de alguien para manejar una situación conflictiva es casi siempre la mejor solución. Existen diferentes clases de desviaciones, como las desviaciones activas, por ejemplo, ir a dar un paseo u ofrecer un helado. Muchos piensan que de esa manera se pueden reforzar conductas negativas, pero si fuera tan fácil reforzar conductas negativas, también lo sería reforzar las positivas. Por desgracia, esto no es así, y hacer una buena desviación en el momento adecuado, entre otras muchas cosas, promueve el vínculo y la confianza en nosotros; y nos ayuda a manejar una situación complicada para salvarla y afrontar, quizás de otra manera, otro día. Quién no ha estado alguna vez con un amig@ que estaba a punto, o metido en problemas, y para sacarl@ de allí simplemente hemos tenido que decir: «Venga, vamos a tomarnos una copa y pensamos en otra cosa». ¿Acaso reforzamos entonces la conducta negativa de nuestro amig@? El que las cosas salgan bien genera un sentimiento de competencia, de tener éxito, y buenas expectativas ante un nuevo día “si hoy ha ido bien, mañana será lo mismo”. Este es un método para el manejo, para el cambio debemos de pensar en otras estrategias y herramientas adecuadas para ello (como adaptaciones, herramientas compensatorias o rutinas). Las propuestas para el cambio que proponemos aquí están pensadas para promover cambios que faciliten el día cotidiano de la persona a través de trabajar fundamentalmente con factores ambientales. Los tratamientos psicológicos están en otras cajas de herramientas que retomaremos más adelante.

· Adaptación de exigencias: Bo Hejlskov nombra a menudo la expresión de Ross Greene: “Los niños que pueden comportarse lo hacen”, poniendo en relieve que quizás esta expresión no sea verdadera o científica, pero nos ayuda a tener una actitud adecuada para manejar los problemas de conducta. La mayoría de las situaciones donde se dan las conductas problemáticas tienen que ver con situaciones donde existe un choque entre las exigencias que se colocan, y las habilidades y capacidades de la persona en cuestión. Si la persona no está a la altura de las expectativas de la persona que coloca las exigencias, podemos tener un problema. Además, aunque esas habilidades y capacidades existieran, pueden estar debilitadas, incluso desaparecidas temporalmente, debido a la influencia de diferentes factores de estrés. Independientemente de la situación, siempre tenemos que procurar adaptar las exigencias a las capacidades de la persona para que tenga éxito, más si cabe en caso de personas con necesidades especiales, más si cabe cuando esas personas conocen muy bien el fracaso. Esto no quita el hecho de que exijamos, dado que es una de las condiciones de la autonomía, pero de hacerlo adecuadamente trata el arte de la pedagogía, de la educación y de la crianza.

Escrito por Alberto Sánchez García.