¿Quién ha dicho que los castigos sean efectivos? Y si lo hacen en determinados casos, ¿promueven el aprendizaje, la autonomía, el autocontrol, el bienestar? O acaso promueven el control, la obediencia y la disciplina. ¿Acaso existen estrategias más pedagógicas y moralmente más válidas que promuevan la autonomía, el bienestar y la colaboración, en lugar de la culpa, la vergüenza y la humillación? ¿Nos planteamos cuando castigamos que quizás somos nosotros los que tenemos un punto de partida erróneo y deberíamos de revisar las condiciones donde se da la conducta problema que castigamos? ¿Nos deberían de castigar a nosotros los adultos cuando hacemos algo mal, en el trabajo, o en la escuela de la misma manera que hacemos con los niños y adolescentes?

Es habitual escuchar a niños que vuelven a casa y les cuentan a sus padres los castigos que se han producido en el colegio. Personalmente me resulta muy llamativo el contraste de los castigos que se utilizan en Suecia en comparación a lo que se produce en España. En Suecia, por ejemplo, nunca he visto castigos del tipo copiar 50 veces: “No se puede hablar en clase cuando habla el profesor”. Tampoco se castiga tanto. Como iremos mostrando muchas veces, este tipo de métodos son muy inefectivos, más si cabe cuando se aplican a personas con necesidades especiales y otras dificultades de parecida índole.

Un niño cuenta a sus padres que un docente les ha castigado en clase, a toda la clase, por hablar durante una lección. El castigo consistió esta vez en prohibirles la asistencia a una maratón en beneficio de la lucha contra el cáncer. Los padres habían hecho una pequeña donación a dicha iniciativa benéfica.

Es muy importante tener buenos argumentos cuando se utilizan este tipo de métodos, es decir, saber por qué y para qué. Porque así aprenderán, no lo volverán a hacer más y así siempre se ha hecho no son buenos argumentos. Lo importante, en casos parecidos como en el de arriba, es pensar qué hacer para que no vuelva a ocurrir de nuevo la conducta problema, y para eso tenemos que saber por qué se produce esa conducta. En el ejemplo, quizás los alumnos estaban entonces muy cansados, venían alborotados del recreo, a muchos les resultaba incomprensible la lección, etc. Es decir, que existen una serie de factores que pueden influir en cómo los alumnos se comportan y es muy posible que estos hagan lo que resulta más comprensible para ellos en esa situación. Para cambiar la situación es muy posible que haya que cambiar las condiciones en las que se desarrolla la conducta problema, el castigo puede ser lo más fácil pero no nos asegura de que la conducta problema no vuelva a ocurrir de nuevo. Además, si el castigo se desarrolla en un contexto muy parecido al de arriba los alumnos van a pensar que el docente es un “idiota”, ¿y quién quiere seguir o aprender de un “idiota”? Seguro que más de un alumno se vio reforzado con este castigo si no se deseaba correr dicha maratón.

Quizás a más de uno se le ocurra pensar ahora que tanto padres como alumnos tenemos que respetar a los profesores, pero ese respeto tiene que ser recíproco para que ese respeto sea tal, además, el respeto:

[…] no significa temor y sumisa reverencia; denota, de acuerdo con la raíz de la palabra (respicere = mirar), la capacidad de ver a una persona tal cual es, tener conciencia de su individualidad única. Recogido de El arte de amar, de Erich Fromm(1959).

Si vemos al alumno, veremos las causas de su conducta y podremos tomar la responsabilidad e influir en la situación, si no, un profesor solo sentirá frustración al delegar la responsabilidad de la conducta del alumno en el propio alumno (o en los padres, el director, los políticos…) y sentir desesperanza en su propia capacidad de influencia. Porque no nos engañemos, cuando asignamos un castigo lo que hacemos al mismo tiempo es delegar la responsabilidad de la conducta en el alumno y nosotros simplemente nos deshacemos de la responsabilidad de lo que ocurre. Si no funciona, será que los alumnos no han aprendido o el castigo no fue lo suficientemente contundente. No es cuestión de intensificar los métodos que no funcionan, sino de utilizar otros más efectivos y, por qué no decirlo, humanos y profesionales.

En torno a las consecuencias de la conducta se ha escrito mucho y parece que la mayoría de investigadores están de acuerdo en que lo importante es lo que percibe el alumno, dado que se espera un cambio de conducta de este. Un resultado interesante de la investigación es que la conducta problema de los alumnos aumenta si el mismo percibe una reprimenda o una consecuencia condenatoria como un castigo. Otros resultados tienen que ver con:

· Si el castigo se percibe como injusto, por ejemplo, como cuando se castiga a toda una clase por algo que hicieron unos pocos, entonces la alianza pedagógica, uno de los factores más importante en la enseñanza y el aprendizaje de los alumnos, se resiente.

· La motivación también se ve afectada y disminuye.

· El castigo aumenta la conducta que se castiga a largo plazo. En este sentido existen numerosos estudios referidos al uso del castigo y la delincuencia.

· Otro resultado que señala Bo Hejlskov (2014) es que un castigo puede legitimar y mantener los problemas de conducta.

Ni decir tiene que muchos alumnos no entienden la relación entre causa y consecuencia, sobre todo en contextos complejos. Con lo cual, no entienden por qué fueron castigados. Sigamos con otro ejemplo:

Otro niño vuelve a casa del colegio y le cuenta a sus padres algo parecido a lo del ejemplo anterior, los alumnos habían hablado en clase y todos ellos recibieron como castigo escribir tropecientos veces “no se debe de hablar en clase…” . En este caso viene de un profesor que es muy querido por sus alumnos y apreciado también por los padres. Preocupado, empático, innovador… Pero otra vez más, creemos, se cometió otro error. ¿Por qué no revisar las condiciones en las que se produce la conducta problema? ¿Qué vemos? ¿Qué podemos hacer? ¿O delegamos la responsabilidad en los alumnos, en este caso niños pequeños, y les castigamos si no están a la altura de nuestras expectativas? ¿Acaso no hicieron lo más comprensible en esa situación? ¿Existen herramientas y estrategias más constructivas, efectivas y humanas? ¿Qué ocurre con la confianza que los alumnos tienen en el profesor? Yo entiendo que hasta cierto punto esto tiene que ver con la cultura, es lo que hicieron con nosotros y es lo que hacemos nosotros, pero, una reflexión:

“Las consecuencias que la mayoría de nosotros recuerda y que pensamos que nos ayudaron no son aquellas que experimentamos como castigos” (Bo Hejlskov, 2014).

Muchas personas que trabajan con personas que muestran problemas de conducta argumentan que métodos como el castigo, que tienen como propósito conseguir el control de la persona, son métodos efectivos y tienen una base científica. Puede que en parte tengan razón, lo que no tienen que perder nunca de vista es que esa base científica, de esa investigación a veces sin sentido, no está orientada a que la persona desarrolle mayor autonomía y una mayor calidad de vida. Además, si no contamos con suficiente capital pedagógico, o parental (confianza y vínculo), los métodos se convierten en inefectivos.

Existe mucha investigación y literatura, muy interesante, en torno al castigo y a su utilización. ¿Por qué castigamos? ¿Por qué unos castigan más que otros? ¿Qué bases evolutivas y epistemológicas existen en torno al castigo? ¿Qué mecanismos neurobiológicos existen en torno al castigo? Según algunos estudios castigan más las personas que tienen determinadas zonas del cerebro que se activan más y reciben más recompensas por ello. También se recibe un sentimiento de competencia (Quervain, 2005). ¿Deben aplicarse entonces los castigos en base a la satisfacción y el sentimiento de competencia que recibimos por ello?

Escrito por Alberto Sánchez García.